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“Snuppy” y el futuro del mundo

Dos noticias recientes, una proveniente de Corea del Sur y otra de China, pueden darnos una idea del extraordinario rédito económico que sacarán los países asiáticos de su inversión en educación, ciencia y tecnología. A fines de 2005, el profesor Hwang Woo-suk y su equipo de quince científicos de la Universidad Nacional de Seúl lograron la primera donación de un perro en la historia. “Snuppy”, un cachorro afgano que cuando fue presentado al mundo ya tenía catorce semanas de vida, fue un hito científico, por la complejidad de la fisiología de los perros. En los diez años previos, se habían donado exitosamente en varias partes del mundo ovejas —como la famosa “Dolly”— y otros animales como ratones, vacas, cerdos y cabras. Pero nadie había logrado donar un perro, uno de los mamíferos más parecidos al hombre. Una empresa de los Estados Unidos, Genetic Savings & Clone, había invertido 19 millones de dólares en los últimos siete años en la clonación de un perro, sin resultado. El laboratorio de la Universidad Nacional de Seúl le ganó de mano. Al margen del debate ético sobre la donación, lo cierto es que será un fenómeno imparable, que cambiará totalmente la medicina moderna tal como la conocemos, y dará lugar a una industria biotecnológica que muy probablemente se convierta en el motor de la economía mundial de las próximas décadas. Los científicos confían en que a través de la donación se encontrará la forma de reparar tejidos humanos lesionados, como el corazón, e incluso reemplazar orejas, narices y otros órganos dañados.

“Los coreanos se han convertido en una verdadera potencia digna de ser reconocida en materia de donación e investigaciones de células madre”, comentaba un editorial de The New York Times poco después del anuncio.’ “Este equipo (coreano) fue el primero en donar embriones humanos y extraerles células madre, y ahora es el primero en donar perro, lo que quizá sea la mayor hazaña en la clonación de mamíferos. Es el centro de gravedad en la donación y la investigación sobre células madre podría estar desplazándose hacia otros países, mientras las investigaciones en los Estados Unidos están siendo frenadas por tabúes (políticos) y restricciones financieras (del gobierno de Bush).” Aunque todo hace prever que los conservadores en la Casa Blanca pronto darán marcha atrás en sus reservas a las investigaciones de células madre y, Estados Unidos será el país líder de la medicina genética del siglo XX estará lejos de tener un monopolio en la nueva industria.

Casi al mismo tiempo que el profesor Hwang anunciaba la clonación de “Snuppy” y salía en las primeras planas de todo el mundo—además de afianzarse como el ídolo nacional de Corea. donde es venerado que cualquier jugador de fútbol—, se dio a conocer otra noticia proveniente de China, que pasó mucho más inadvertida. Sin mucha fanfarria, con el perfil bajo que los caracteriza, los chinos exportaban su primer automóvil a Europa. Se trataba de una camioneta 4x4 de cinco puertas parecida al jeep Cherokee, fabricada por Jiangling Mot Group, que arribó al puerto belga de Antwerp, como parte de un primer embarque de unos doscientos vehículos que se venderán a mil dólares cada uno. Pocos días después, llegaba a Europa el primer embarque de ciento cincuenta automóviles Honda producidos en China, bajo el nombre de Jazz. Los distribuidores chinos esperaban venden unas 2 mil camionetas Jiangling y unos 10 mil Honda Jazz en Europa ‘en los doce meses siguientes.

Casi todos los vehículos de exportación chinos venían de Guangzhou, el centro industrial que se ha convertido en un paradigma de la globalización: las terminales de su aeropuerto fueron construidas por una empresa norteamericana, los puentes que llevan a los pasajeros los aviones son de una compañía holandesa, y su torre de control está operada por una firma de Singapur. En las fábricas automotrices de Guangzhou, los trabajadores ganan alrededor de 1,50 dólares la hora, comparado con 55 dólares la hora de sus contrapartes en los Estados Unidos. Sin embargo, una buena porción de las operaciones funcionan con robots, creados y supervisados por ingenieros chinos. No hay que ser un genio para sospechar que, muy pronto, los automóviles chinos conquistarán los mercados más grandes del mundo, como en las últimas décadas lo hicieron los japoneses.

El debut de China como exportador de automóviles es un ejemplo de cuán rápido los chinos están saltando etapas, y pasando de ser exportadores de baratijas a vendedores de productos mucho más sofisticados. Y ahí es donde los países latinoamericanos corren los mayores riesgos de quedarse cada vez más atrás, como productores de materias primas librados a la suerte de los precios internacionales de lo que extraen del suelo, en lugar de entrar en los mercados más grandes del mundo con productos de mayor valor agregado y ventajas comparativas. Como señaló el ex presidente brasileño Cardoso en las primeras páginas de este libro, el desafío para las naciones latinoamericanas será aun mayor a partir de 2007, cuando los países asiáticos pongan en marcha el bloque de libre comercio más grande del mundo, integrado por China y los países de ASEAN. Integrando sus cadenas productivas, y aprovechando su mano de obra calificada y barata, el bloque asiático será un competidor formidable en la lucha por ganar cuotas de mercado en los Estados Unidos y Europa, los más grandes del mundo.

Sin embargo, “Snuppy” y las nuevas plantas de camionetas de exportación chinas en Guanghzou, lejos de asustar a los países latinoamericanos, deberían movilizarlos a ponerse las pilas. El tren del progreso avanza, y el que no se sube se queda cada vez más atrás. Y hay ejemplos promisorios en América latina que demuestran que nuestros países pueden competir produciendo bienes de alto valor agregado. La empresa brasileña Embraer ya se ha convertido en una líder mundial en la fabricación de aviones intermedios, de unos 110 asientos, que está vendiendo a compañías aéreas como JetBlue de los Estados Unidos, Air Canada, Hong Kong Express Airways y Saudi Arabian Airlines, logrando ventas anuales que superan los 3.400 millones de dólares. Embraer recientemente firmó un contrato con el Departamento de Defensa de los Estados Unidos para la venta de aviones de reconocimiento por un valor potencial de 7 mil millones de dólares etilos próximos veinte años. En México, la cervecera Corona y la c’ementera Cemex están ganando mercados en todo el mundo. En Costa Rica, las exportaciones de microprocesadores de la fábrica de Intel ya representan el 22 por ciento de las exportaciones totales. En Chile y la Argentina, se están exportando cada vez más variedades de vinos a todas partes del planeta.

Por ahora, estos y otros casos son excepciones a la regla. Las mayores corporaciones latinoamericanas, como observamos antes, siguen vendiendo materias primas, sujetas a los vaivenes de los mercados internacionales y a los precios cada vez más bajos de todo lo que sea ajeno a la economía del conocimiento. Sin embargo, bastarían unas pocas reformas relativamente sencillas para que los países latinoamericanos atrajeran inversiones masivas y despegaran tan rápido como lo hicieron Irlanda, España, la República Checa, China, India y los Tigres Asiáticos. Con un marco legal que ofrezca mayor seguridad jurídica —ya sea producto de un acuerdo supranacional o de consensos internos— y una cultura de mayor competitividad comercial, educativa y científica con el resto del mundo, los países latinoamericano podrían vencer la pobreza y aumentar el bienestar de la noche a la mañana. Los ejemplos de los países que funcionan están a la vista Los que no quieren verlo, es porque están más interesados en vender teorías conspirativas e ideologías huecas para su propio beneficio que en reducir la pobreza.

       
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